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8/6/24

El rincón de los libros: Como dicen en mi pueblo (VVAA)

 


Soy de ciudad, pero he pasado todos los veranos de mi infancia en un pueblo del interior de castilla con nombre de resonanzas épicas: Atienza, cerca de Copres, en Guadalajara.

Así comienza este libro que conocí por casualidad un buen día en eldiario.es y que, sin duda, ha resultado todo un descubrimiento, tanto a nivel lingüístico (aunque no sea filóloga, siempre es un tema muy interesante), como a nivel social.

'Como dicen en mi pueblo' es un compendio de ensayos sobre el habla rural de las distintas partes de España. El objetivo (aparte del análisis filológico, claro)  no es otro que 'desmontar' esa idea tan asentada de que solamente hay una manera única-y-correcta de decir las cosas, demostrándonos que, lejos de ser así, el castellano rural guarda auténticas maravillas (algunas, incluso, heredadas directamente del castellano del Siglo de Oro) que no solamente nos cuentan mucho sobre nuestra propia historia, sino también nos hablan sobre nuestra forma de ser.

Quería hablá fino y como no sabemos, pues se mete la pata

'Como dicen en mi pueblo' es interesante a varios niveles, no solamente porque te descubre el maravilloso mundo del Corpus Sonoro de la España Rural (COSER), un proyecto creado por Inés Fernández-Ordóñez gracias al cual decenas de estudiantes han recorrido pueblos recónditos de toda España, hablando con sus habitantes más mayores sobre tradiciones antiguas y conociendo el habla 'común' de las distintas zonas de España, sino que constituye todo un compendio sobre la vida rural de nuestro país, las preocupaciones y alegrías de sus habitantes, sus costumbres y, por supuesto, su forma de ver el mundo. 

La lengua es nuestra caja de herramientas de la comunicación: cuando nos falta una herramienta, antes de ir a comprar otra, tratamos de apañarnos con lo que ya tenemos, incluso si tenemos que innovar un poquito y usar cosas de una forma distinta a la que estaba planeada inicialmente. Si la idea es buena, la innovación triunfará y la herramienta habrá cambiado. Lo mismito pasa con el habla, solo que de una forma menos consciente y reflexiva.

Sin duda, el lenguaje refleja nuestra forma de ver el mundo. Es un código secreto compartido en sociedad que, una vez que se conoce, nos abre las puertas a todo un mundo (cuantas más lenguas, más mundos). Pero, al mismo tiempo, ese código forma parte de la realidad tangible, de nuestro día a día. Y como el día a día de cada persona es diferente, es lógico que el lenguaje también lo sea. 

A través de los artículos (unos más técnicos y otros menos), que, en muchos casos, parten de ejemplos conocidos (como ocurrió con aquel famoso vídeo de Miquel Montoro y su famoso ¡hòstia pilotes! o el si me queréis irse  de La Faraona), podemos conocer las diferentes formas de hablar y de ver la vida a lo largo de todos los puntos de España, desde el norte hasta el sur, pasando por las particularidades del euskera, del asturiano o del gallego (y descubriendo por qué éste último nos resulta tan cariñoso y agradable al oído). 

Miquel Montoro y su famoso ¡hóstia pilotes! sirve como ejemplo para explicar una de las particularidades del mallorquín, la variación del esquema en castellano que + adjetivo + verbo por un calco del catalán que + verbo + de + adjetivo ¡qué son de bones! 

Aunque l@s autores/as han tratado de hacer el libro lo más ameno posible, sobre todo pensando en aquellas personas 'ajenas' al mundillo, es cierto que, si no se es lingüista o filólogo/a, hay muchas ocasiones en las que la lectura puede resultar un tanto técnica/pesada (al fin y al cabo, edita Pie de página, especializada en lingüística), pero, una vez que le coges el ritmo, acaba por resultar tremendamente interesante. Aquí va un ejemplo de una de las transcripciones recogidas en una de las entrevistas del COSER en Chipude (Vallehermoso):

-Yo ya no, mi niña, yo ya no sé, señor, yo ya no pueo. No tengo entadura. Desde que se perdí la entadura.
-¿Pero cuando silba como ha silbado antes, así solo con los labios... eso también se puede silbar?
-Sí, sí silbaban ansí, sí había...
Lo que más me ha gustado del libro (aparte de que he aprendido fenómenos lingüísticos que desconocía, como es el caso de la existencia del paragoge, que consiste en añadir un sonido al final de una palabra como clube, servidore, sumare..) es que, pese a que está escrito por-y-para filólogos/as (ciertamente, no para una periodista random), ofrece una mirada muy limpia y muy comprensiva sobre la forma de hablar de estas personas, tan denostada a menudo, incluso por sus propios hablantes, como dice esta mujer de Liétor, Albacete.
-Sas que no hablamos bien tampoco. 
-No hablamos bien. En los pueblos no s'habla bien. ¿Sabes po qué? Mira...
[...]
-Mi suegro hablaba así aún mu-, muchas cosas aún peó que noso. Y lo vide, puestos de decí lo vi. Lo vide, mucha gente lo dice eso, lo vide. Y puestos decí la comida, la, la [Nombre Propio] aún: "La, la comía, voy a hacé la comía"
Sin embargo, para los participantes del COSER, no solamente no se trata de errores, sino que, como se intenta explicar a lo largo de todo el libro, la percepción de las diferentes formas de hablar no corresponde a nada más que a eso: a percepciones. Porque, por mucho que diga la RAE, (que ésta no es más que un organismo que se encarga de recopilar normas más ortográficas que otra cosa, y que también tiene sus percepciones), la lengua es de quien la habla. Y cada zona tiene su forma de hablar propia debido a su propio contexto geográfico y al del hablante.

Las diversas formas de hablar que existen en España, y lo que hoy se considera correcto o no, no son más que una moda que en trescientos años, es fácil que queden desactualizadas, y que, lo que hoy consideramos como arcaico o vulgar, sea lo normal. Porque la lengua evoluciona junto con la sociedad y eso es algo que, a menudo, tendemos a pasar por alto, tan obcecados como estamos a veces en 'hablar bien'. No nos engañemos, hasta los más estudiosos e intelectuales (y estoy segura de que la gran mayoría de l@s de la RAE, Pérez-Reverte incluido), han suprimido alguna vez la /d/ intervocálica al hablar, o han caído en el leísmo, laísmo o loísmo (¿quién se aclara con los pronombres?)

Asín que, antes de echarnos las manos a la cabeza y querer abrirnos en canal porque ahora cocreta y almóndiga están en el diccionario, o hacer de policía del lenguaje cuando alguna persona mayor de nuestro entorno dice 'me se ha caío', tal vez sería bueno que recordásemos que esas son formas de hablar tan aceptables como cualquier otra y que, de hecho, contienen una gran historia detrás (a menudo, heredados de la historia y las maneras de hablar de cientos de generaciones pasadas) y no lanzarnos como mihuras con el dedito en alto para la corrección (algo que tod@s, yo la primera, hemos hecho, reconocedlo).

Una lástima que aprendamos tan fácilmente a menospreciar nuestra manera de hablar sin ser conscientes de las maravillas lingüísticas que podríamos estar escondiendo.


¿Y vosotr@s? ¿Sois la pasma del lenguaje? ¿Creéis que Reverte ha dicho alguna vez 'me v'ia ir pa casa'? ¡Contadme! 

9/6/20

Las mujeres de Charles Dickens



Charles Dickens con sus hijas (Robert Hindry Mason, 1869). Wikimedia Commons


Charles Dickens (1812-1870), famoso escritor inglés de la época victoriana, es objeto de debate y controversia en estos últimos años y no es por ninguna de sus novelas, relatos o ensayos periodísticos, sino por su relación con las mujeres.

Tres son las mujeres que, principalmente, marcaron su vida: Maria Beadnell Winter fue su amor juvenil e inspiración para algunos personajes de sus novelas; Catherine Hogarth fue su esposa, con quien tuvo diez hijos y de quien se separó en 1858; y Ellen Ternan (Nelly) es el nombre de la actriz con quien mantuvo un idilio en su madurez, durante más de 10 años, en lo que era un secreto a voces.

Poco se ha escrito sobre ellas, pero desde los años noventa del siglo XX hasta ahora, la crítica especializada ahonda en estas figuras y las rescata de un olvido injusto o de un retrato inexacto, como ha sido el caso de Catherine (Hogarth) Dickens, su mujer, una gran desconocida para el gran público. Del mismo modo, Nelly Ternan, conocida como “la mujer invisible”, según Claire Tomalin, ha recibido más atención recientemente. Tomalin escribió una biografía sobre la relación entre la actriz y Dickens en 1990. En el año 2013 se llevó su historia a la pantalla en la película The Invisible Woman.

Un primer amor frustrado

Dickens enamorado nos trae, por primera vez en español, la correspondencia entre Dickens y Maria Beadnell Winter, su amor juvenil, en diversos momentos de la vida de Dickens. Con forma de ensayo biográfico, esta obra redescubre la faceta amorosa del escritor. El joven Dickens sufrió enormemente en su juventud al encontrarse con el rechazo frontal a sus planes de boda por parte de los padres de su amada Maria, fuente de inspiración del personaje de Dora en la novela David Copperfield.






Maria Beadnell Winter / Dora.


La esposa y madre, Catherine

Catherine Hogarth Dickens a partir de una obra de Daniel Maclise, R.A. Wikimedia Commons
El matrimonio entre Charles Dickens y Catherine Hogarth fue feliz al principio. Tuvieron 10 hijos en un período de 22 años. Sin embargo, su relación se deterioró con el tiempo. Dickens extendió la idea de que su mujer era débil y una madre incompetente, lo que construyó una imagen de Catherine Dickens como una mujer perturbada y mentalmente inestable, y la gran culpable de la infelicidad del matrimonio. Este retrato fue alimentado por el mismo Dickens, gracias a lo que se conoce como “la carta violada”, donde describió los supuestos problemas mentales de Catherine, así como la infelicidad de su matrimonio, y que se filtró a la prensa en 1858.

No es extraño que se piense que la representación literaria que hace Dickens de un matrimonio infeliz, como el de Dombey y Edith, su segunda esposa, en la novela Dombey and Son está basada en la propia experiencia de Dickens. En el capítulo 47, la voz narradora describe esta pareja como dispar, mal avenida e infeliz, lo que podría aplicarse a la situación del matrimonio en el momento de la publicación de la novela (entre octubre de 1846 y abril de 1848).

“The barrier between Mr. Dombey and his wife was not weakened by time. Ill-assorted couple, unhappy in themselves and in each other, bound together by no tie but the manacle that joined their fettered hands, and straining that so harshly, in their shrinking asunder, that it wore and chafened to the bone. Time, consoler of affliction and softener of anger, could do nothing to help them. Their pride, however different in kind and object was equal in degree; and, in their flinty opposition, struck out fire between them which might smolder or might blaze, as circumstances were, but burned up everything within their mutual reach, and made their marriage a road of ashes”

(El muro entre Mr Dombey y su mujer no se había debilitado con el tiempo. Pareja mal avenida, infelices consigo mismos y con el otro, estaban unidos únicamente por las esposas que encadenaban sus manos, y que apretaban hasta el hueso. El tiempo, que consuela las aflicciones y suaviza la ira, no podía hacer nada para ayudarles. Su orgullo, aunque de diferente tipo y dirección, era idéntico en grado; y en su obstinada oposición saltaban chispas entre ellos que podían arder en llamas o carbonizar, dependiendo de las circunstancias, pero que quemaban todo lo que alcanzaban y hacían de su matrimonio un camino de cenizas.)

Una imagen falsa

En 2010, la experta estadounidense Lillian Nayder rescata la figura de Catherine en su biografía The Other Dickens: A Life of Catherine Hogarth. Por primera vez se despojaba a Catherine Dickens de esa imagen construida en su contra, y se reconstruye un retrato más ajustado a la realidad recuperando material inédito y correspondencia de amigos y familiares. Nayder traza la vida de Catherine no solo en los años de matrimonio con Dickens, sino también durante su juventud, en el ambiente intelectual del Edimburgo de principios del siglo XIX. Asimismo, proporciona claves para entender la relación que mantuvo con sus hermanas, sobre todo, con Helen, la más joven, quien fue su gran apoyo tras la separación. Según Nayder, Catherine Dickens fue una mujer inteligente, culta, apreciada en su entorno familiar y cultural por lo que esta biografía permite al público descubrir una figura que hasta hace bien poco había sido silenciada.

Esto ha supuesto un vuelco en la consideración de la mujer de Dickens. Tras la obra de Nayder se han publicado, en esta misma línea, otras biografías, artículos e incluso se ha llevado a cabo una exposición en el museo Charles Dickens titulada “The Other Dickens: Discovering Catherine Dickens”, basada en el libro de Nayder quien, además, fue la comisaria de la exposición.

Encierro y locura

Al arrojar luz sobre Catherine, la biografía de Nayder desveló la estrategia de Dickens de distorsionar y silenciar la figura de su mujer. Esto se confirma cuando en el año 2019 el investigador John Bowen descubrió unas cartas (en concreto, 98), depositadas en la Universidad de Harvard. Estas cartas, que contienen información de primera mano de Catherine, revelan que el famoso autor tuvo la intención de encerrar a su mujer en un manicomio a pesar de estar totalmente cuerda. El descubrimiento de estas cartas ha llamado la atención del público, donde se habla constantemente de la misoginia de Dickens.

Catherine Waters, aporta, sin embargo, interesantes opiniones sobre los esfuerzos que realizó Dickens por apoyar campañas en contra de la injusticia social y legal contra la mujer. El escritor fue además mentor de autoras como Eliza Lynn (Linton) y Harriet Martineau, a quienes ofrecía espacio en su revista Household Words para que realizaran contribuciones periódicas.

Gracias al trabajo de especialistas universitarios, conocemos más y mejor la relevancia de las tres mujeres principales en la vida de Dickens.Estas mujeres silenciadas, que habían permanecido a la sombra del escritor victoriano, recuperan voz y presencia en la crítica y en la cultura contemporáneas.
The Conversation


Este artículo fue publicado originalmente por Rosario Arias, catedrática de Filología Inglesa en la Universidad de Málaga, en The Conversation. Lea el original.

7/2/19

Los adolescentes y la lectura: del amor al odio


El titular es claro, sencillo y conciso: el 32,8% el porcentaje de españoles que no lee nunca. Y, sin embargo, si rebuscamos debajo de la superficie, hay una cosa bien curiosa: la gran mayoría de la gente que se aleja (en muchos casos para siempre) de la literatura, lo hace en la adolescencia. 15 años parece ser la edad clave. Pero, ¿y esto por qué?

Más allá de lo obvio (a los 15 años se considera que empieza la adolescencia, la edad del pavo y empezamos a preocuparnos por cosas más terrenales), creo que estamos tod@s de acuerdo en que la tecnología juega un papel fundamental en todo este embrollo. También el hecho de que en casa no se fomenta lo suficiente el hábito de lectura. Sin embargo, creo que el problema no acaba ahí. Porque entonces, por esa regla de tres, casi ninguno de nosotros, adultos ya formados, leería. Nos pasaríamos las horas frente a las pantallas de los móviles (que también lo hacemos), y desconoceríamos el significado de la palabra 'libro'. 

A mi entender, las causas son mucho más complejas. Y aquí, querid@s profesores, entra un elemento que no os va a gustar: las lecturas que se proporcionan en el colegio son absolutamente inadecuadas. Lo siento. Sé que elaboráis el currículum escolar con el mayor de los amores, pero, a mi parecer, la importancia desmedida que se le da a la literatura 'clásica', de hace siglos, es desproporcionada. La literatura clásica se hizo principalmente para señores duques y marqueses de hace muchos años, y en ese universo, un chaval de 13 años enganchado a las nuevas tecnologías no entraba en la ecuación. Esto es algo que lo digo con todo mi pesar, pero el hecho de que OBLIGUEMOS a l@s niñ@s a leer algo que ni es de su agrado, ni les gusta, ni entienden (recuerdo que en mi colegio nos obligaban a leer El Quijote y a Clarín en 1º de la ESO), hace que muchos jóvenes huyan de los libros como si estuviesen hechos de ácido sulfúrico.  

Mientras hago este artículo, por curiosidad y para ver si me he quedado atrasada, me he puesto a mirar en internet listado de libros 'recomendados' por los colegios para niños de 2º E.S.O (es decir, para niños de 12 a 13 años). Según la web de un colegio se recomienda: 
  • El Lazarillo de Tormes
  • El señor de las moscas
  • Matar a un ruiseñor
  • La vuelta al mundo en 80 días
  • Oliver Twist

¿En serio pensáis que a algún niño le va a interesar cualquiera de estos libros? Sí, es cierto, son imprescindibles. Son un must en la vida. Pero yo me leí El señor de las moscas en 2º de bachillerato (y obligada por el colegio, por supuesto) y fue un suplicio. Además de que son libros que tratan temas complejos que los niños no van a entender y, a pesar de ello, los colegios les obligan a pasar un mal rato teniendo que leer algo que ni entienden, ni les interesa, ni les gusta, ni tampoco les aporta absolutamente nada porque, sorpresa sorpresa, SE LES VA A OLVIDAR. Y creo que esto contribuye en gran parte a que los adolescentes se alejen de la literatura. Julio Verne es un autor horriblemente tedioso por mucha fama que tuviese en su momento. Yo lo intenté leer hace poco y no pude pasar de la primera página. ¿Y queréis que un niño con 12 años se lo lea y lo disfrute?

Creo de verdad que deberíamos de empezar a cambiar la selección literaria que hacemos en los colegios y dejar que cada niño lea, sencillamente, lo que le apetezca. Vale, puede que la mayoría literatura 'juvenil' sea plana, predecible y a veces hasta tediosa para nosotros. Pero hay otras maravillas que ignoramos por completo en los colegios. ¿Qué hay de Harry Potter? Es un libro con una profundidad increíble, que bien trabajado puede enseñar muchas cosas a los jóvenes sobre ellos mismos. El problema es que nosotros hemos crecido con el 'vicio' de pensar que si no lees ciertos clásicos eres un inculto. Y NO ES VERDAD. De hecho, hay una increíble cantidad de libros 'clásicos' que yo me he leído (en su mayoría obligada por el colegio) y que he odiado con todo mi corazón. 

Creo que los niños desconectan de la literatura porque la literatura que les ofrecemos no conecta con ellos y eso, amigas y amigos, es un grave problema en la sociedad. Porque en el momento en el que un adolescente deja de leer porque 'no le gusta', está perdido. Le va a costar muchísimo encontrar otro libro que le haga volver a sumergirse en el placer de la lectura. Los libros, al fin y al cabo, son como las relaciones. ¿Quién no ha salido escaldad@ de una relación y ha jurado y perjurado no volver a enamorarse jamás? En el caso de las relaciones, a menudo acabamos topándonos con alguien que, sin quererlo, nos hace volver a creer en el amor. En el caso de los libros, muchos adolescentes le niegan a las páginas la oportunidad de que les enamoren. 

¿Vosotros, qué opináis? ¿Os pasó algo similar en el colegio? ¡Contadme! 

Un beso enorme y...

¡Hasta la próxima aventura!

19/10/17

Carroll, las Liddell y el país de las maravillas

Las tres hermanas Liddel: Edith, Lorina "Ina" y Alice por las que Carroll estaba fascinado
¡Hola a tod@s! Hace tiempo que os sugerí la posibilidad de hacer un artículo sobre la extraña fascinación que Lewis Carroll, el autor de Alicia en el País de las Maravillas, tenía por las niñas, y, en especial, por las pequeñas Liddell. Algunos de vosotros me dijisteis que estaríais encantados de leerlo, así que rauda y veloz, me puse manos a la obra.
Como ya os dije en el otro post, han corrido ríos de tinta sobre este asunto ya que lo que para muchos es un claro caso de pedofilia, para otros es simplemente consecuencia natural de la propia infancia de Carroll, quien desde pequeño acostumbraba a contar historias a sus hermanas. Tratándose de una figura tan conocida, para muchos, ciertamente, sería todo un ultraje rebajar la figura de Carroll a la de un simple pedófilo (porque, inevitablemente, supondría tener que condenar su capacidad como escritor, ya que su vida y su obra están  muy unidas y no se puede entender una sin la otra), mientras que, para otros tantos, Alicia en el País de las Maravillas y Alicia a través del Espejo es consecuencia, precisamente, de este afecto por las niñas.
Conocemos poco sobre la vida de Carroll, y hemos de tener en cuenta que los valores de la sociedad actual no son los mismos que los de la Inglaterra victoriana, pero lo que sí sabemos a ciencia cierta es que, tal y como escribió el propio Carroll, él "amaba a las niñas" mucho más que a los niños. Carroll era un apasionado de la fotografía y no escatimaba a la hora de fotografiar a las niñas. En la mayoría de estas fotos se puede apreciar una fuerte carga erótica (incluso en algunas de ellas aparece besando a la pequeña Alice Liddell, que a la sazón contaba con 11 añitos) e incluso se cree que Carroll consideró seriamente la posibilidad de proponer matrimonio a Alice cuando ella tenía 13 años y el 31, pero lo cierto es que ni se tiene constancia de que esta proposición se llegase a realizar, ni Alice denunció nunca abusos contra el escritor. No hay duda de que la relación que mantenía el autor con las pequeñas Liddell, sobre todo con Alice, tenía un fuerte componente erótico-romántico pero, sin embargo, todo apunta a que esta situación era mucho más complicada de lo que puede parecer a priori, y que la pasión del autor parece que, si bien sin duda era febril, resultaría ser mucho más 'victoriana' y comedida de lo que en un principio podemos pensar.
"Confieso que no me gustan las fotos de niños desnudos. Siempre parece... que necesitan ropa, mientras que es difícil comprender por qué las adorables figuras de las niñas deberían de cubrirse en absoluto" escribía Carroll a la artista Gertrude Thompson.
Y lo cierto es que parece que Carroll no estaba solo en sus oscuros pensamientos. De hecho, según Katie Rophie, autora de una obra sobre la relación entre Carroll y Alice, durante la época victoriana parece abundar este prototipo de hombre neurótico que mostraba un intelectualizado y altamente desarrollado desdén por el contacto físico (sexualmente hablando) pero que, sin embargo, se descubría internamente siendo excitado por las preadolescentes. "Es una paradoja de la cultura victoriana el hecho de que conviviesen la sentimentalidad, los aparatosos volantes y la extrema dulcificación de la infancia con impulsos sexuales mucho más oscuros, algo que, por otra parte, se retroalimentaba: la aprensión por el sexo daba lugar a una atracción por cualquier cosa inocente y pura". Osea que, visto desde esta perspectiva, Carroll no era sino un perfecto hombre de la época. 
"Xie [Alexandra] Kitchin dormida en el sofá", 1873. Fotografía de Lewis Carroll.
Y, sin embargo (antes de que os entren ganas de quemar todos vuestros ejemplares de Alicia y borrar de vuestras mentes la existencia de Carroll), a pesar de todo, sí que está comprobado que Carroll nunca llegó a "satisfacer" esos deseos. Sí, no cabe duda de que el autor se sentía sexualmente atraído por las niñas, pero también es indudable que nunca llegó a agredir sexualmente a nadie. Más bien, parece que optó por reprimir "las inclinaciones de su corazón pecador", y esa constante se mantuvo a lo largo de toda su existencia, hasta el punto de que fue algo que acabó impregnando todos y cada uno de los aspectos de su vida.
La única manera que encontró Carroll de satisfacer sus impulsos fue, precisamente, a través de lo que mejor sabía hacer: contar historias. De hecho, nunca ocultó que Alicia en el País de las Maravillas fuese un regalo para la pequeña Liddell (hay una carta suya en la que le pedía explícitamente permiso para publicar la obra) con el que el británico no hacía otra cosa que demostrarle su amor, al igual que los paseos por el río, las cartas y los entretenimientos que les propiciaba a las pequeñas Liddell, que, en su ignorancia, sin duda quedaron fascinadas por la figura de Carroll. 
"Al menos, confío en que me permitan hacer algunas fotos de Janet desnuda. Mi situación ideal es contar con dos horas de ocio por delante, una niña para fotografiar y ¡ninguna restricción en el vestuario!" escribía Carroll al padre de una de las niñas.
Probablemente nunca sabremos la verdadera causa por la que se rompió la relación entre Carroll y la familia Liddell, que llegó a su abrupto final en junio de 1863, tras siete años de intensa amistad. Hay rumores para todos los gustos. Algunos creen que los padres de Alice decidieron cortar por lo sano tras la propuesta de matrimonio de Dodgson, mientras que otros aseguran que tal proposición nunca llegó a realizarse explícitamente, pero que sí que se insinuó. Las páginas correspondientes a los días en los que tal ruptura se produjo supuestamente (27, 28 y 29 de junio de 1863) fueron arrancadas por la sobrina de Carroll, aunque sí que se encontró una nota que decía así:
L.C. sabe gracias a Mrs Liddell que se dice que está utilizando a los niños como una excusa para hacer la corte a la institutriz - se dice también que [ilegible] está haciendo la corte a Ina.
Como muchas otras cosas en todo este asunto, no está del todo claro quién escribió esta nota, ni a qué se refería exactamente, pero los se cree que dicha ruptura estaba relacionada con Dodgson, la institutriz de las niñas (de quién se piensa que Dodgson se valió para estar en contacto con las pequeñas pero que, de nuevo, no se sabe a ciencia cierta si es verdad) e 'Ina', la hermana mayor de Alice. Según asegura la bisnieta de Alice Liddell, sin embargo, la madre de Alice le dijo a Carroll que le preocupaba el afecto excesivo de éste con la niña, y el autor, enfadado, se marchó para no volver jamás.

Dodgson, sin embargo, no terminó de perder la pista a Alice, ya que en 1870, la señora Liddell llevó a sus hijas al estudio fotográfico de Carroll para retratarlas. Posteriormente, y después de que Alice se casase con Reginald Gervis Hargreaves, hijo de un próspero empresario, Carroll escribió a Alice para pedirle el manuscrito de Alicia en el País de las Maravillas que antaño él le regalase para hacer una copia y, posteriormente, publicarla. En todo caso, lo que sí que es cierto es que la pequeña Alice siempre recordó al escritor con mucho cariño.
No hay duda de que Carroll era un hombre extraño y peculiar. Vivía encerrado en su propio universo, intentando reprimir una realidad que le destrozaba por dentro pero por la que, a la vez, se sentía demasiado atraído como para dejarla pasar. Carroll fue, sin duda, un pedófilo reprimido pero nunca llegó a hacer daño a ninguna de las niñas con las que se relacionaba. Simplemente, se limitó a hacer lo que mejor sabía: imaginar, contar historias y pensar.

¿Qué os ha parecido? ¿Conocíais la relación de Carroll con las niñas? ¿Os ha gustado el post? Os mando mucho amor y me despido...

¡Hasta la próxima aventura!

14/9/17

Evento literario: Presentación de "Trabajo, piso, pareja" en la librería Tipos Infames

Todas las imágenes son cortesía de Teresa
¡Hola a tod@s! Hoy os traigo un artículo sobre algo que me encanta... ¡los eventos literarios! Como ya sabréis, hace tiempo leí el libro Trabajo, piso, pareja y me gustó muchísimo. Mientras lo leía, pensaba que ojalá una presentación del libro en Tipos Infames con Leonor Watling. (No, no soy adivina, sino que en la novela hay una presentación de un libro en Tipos Infames a la que asiste Leonor Watling). Y... ¡voilá! Se hizo realidad el pasado jueves a las 19 de la tarde.
Os confesaré que hacia mucho tiempo que no asistía a un evento literario, pero la verdad es que este no me decepcionó. Fue un tanto distinto de muchas otras presentaciones de libros a las que he ido, sobre todo por la enorme cantidad de momentos divertidos que hubo. Zahara no se limitó a hablar de por qué surgió la novela, sino que fue contando anécdotas acerca del proceso creativo, lo cual me encantó.  
"Todos los días pensaba en ello y, sobre todo, cuando me puse a escribir, era todos los días de 9 a 13 y de 16 a 18. Si estaba mala o no podía, le daba a la cabeza, pensando en ello y al día siguiente le echaba un poco más de tiempo. Luego en escribirla no he tardado tanto porque es que escribía con un orden y una disciplina que yo a mi misma me he sorprendido. No creía que fuera capaz. Yo a mi misma me tengo envidia." 
Lo primero de lo que contó la autora es por qué escogió a Leonor Watling y, sobre todo, cómo fue contarle  que salía en su libro, a través, según la cantante de un audio de Whatsapp "porque ni siquiera me atreví a llamarla", contó Zahara. Según dijo, tenía miedo de ver cómo reaccionaría la actriz, dado que, aunque su personaje no es "la mala de la novela", sí que crea un conflicto entre Clarisa y Marco. "¡Como si me dejas mal!" contestó Leonor después de conocer la noticia.
Una de las cosas que más me sorprendió conocer, y que, aunque es muy obvia, yo no me había dado cuenta, es que la novela trata también el tema de la pasión por el trabajo y de cómo, a veces, un trabajo que te apasiona puede llegar a absorberte hasta tal punto que acaba descuidando lo demás.
"Hay una frase en la novela que dice 'Marco se ha echado un amante. Marco me engaña con su novela'. Es una frase que yo he dicho y que a mi me han dicho"
Se ha hablado mucho de esta novela como una "novela generacional", y me sorprendió mucho también saber que, a pesar de todo, es mucho menos generacional de lo que parece. Lo cierto es que la autora se inspiró en situaciones reales, en conversaciones con taxistas y en cosas que iba oyendo por la calle. Según contó, ella pasó un año pensando en la novela, simplemente dándole forma. El segundo año se centró en concebir a los personajes principales, y, sobre todo, a los secundarios. Mantener los oídos y los ojos bien abiertos le ayudó bastante a ello porque, aunque parezca muy obvio, el salto generacional está ahí.
Y, sin embargo, según contaba, mucha gente se ha sentido identificada con esta historia, incluso su madre. "Al principio, cuando [mi madre] empezó a leerlo era todo como jaja, las cositas de mi hija. Al terminar el libro, se olvidó de que yo lo había escrito, y eso, para mi, es el mayor logro" aseguró la cantante.
Otro de los elementos que tiene mucha fuerza en el libro es el personaje de Clarisa. Zahara aseguró que siempre tuvo en mente el movimiento feminista a la hora de escribir la novela, y que, al igual que J.K Rowling quiso que cualquiera de sus personajes pudiera cambiase de sexo y eso no afectase al conjunto de la novela, ella también trató de hacer que Clarisa y Marco fuesen 'intercambiables'. Una de las mayores dudas que le surgió fue si al principio de la novela, el momento en el que Clarisa, después de haber cortado con su pareja, queda con un chico, simplemente para echar un polvo, era algo feminista o no. Según Zahara, todas sus dudas se las despejó Caitlin Moran con su libro Cómo ser mujer (cuya reseña tenéis aquí) que dice que sí, que no pasa nada por simplemente querer tener sexo. "Gracias, Caitlin" concluyó la cantante entre risas.

La dedicatoria que me puso Leonor Watling en el libro
Momentos divertidos hubo para dar y tomar (en varias ocasiones Leonor recordó a los asistentes que había que comprar el libro porque "esta criatura tiene que comer", en alusión al futuro hijo (o hija) de Zahara. Además, el ambiente fue muy agradable y la mayoría (una misma incluida) amenizó la espera hasta que comenzase el acto con vino y cerveza que sirven en una barra que hay en la librería. Nunca había estado allí, pero la verdad es que volveré porque el ambiente era muy bueno, y me encantó poder escuchar tanto a Zahara como a Leonor con un mientras me tomaba tranquilamente mi vasito de vino blanco.
Fue una presentación muy distendida, casi familiar, y eso me gustó (además de que me llevé un regalito jejeje). ¡Cuando me quise dar cuenta, ya eran las nueve de la noche! Al final, conseguí llevarme mi ejemplar firmado tanto por Zahara como por Leonor (cuyo 'Mira Zahara, te robo las dedicatorias' le levantó una sonrisa a la cantante, que durante la firma de libros estuvo un poco seca). Al irme, me quedé con bastante buen sabor de boca por haber disfrutado de una tarde divertida, haber aprendido cosas sobre una novela que me encantó y, sobre todo, por haberme sentido un poco más cerca de Clarisa, de Marco y, sobre todo, de la literatura. 

¡Hasta la próxima aventura!

24/8/17

Cinco razones por las que volver a pisar una biblioteca

Una biblioteca en Dublín. Imagen de: Pixabay
Desde siempre, las bibliotecas me han parecido el lugar más maravilloso del mundo. ¡Miles de libros a tu disposición, esperando para que los leas! ¡Es el paraíso, el Edén! Y, sin embargo, me resulta curiosa la poca incidencia que éstas tienen entre los jóvenes lectores (y lectoras) como yo. Llevo yendo a las bibliotecas desde que era pequeña, y siempre me han parecido lugares estupendos llenos de música, libros, películas, revistas... Toda la cultura está ahí, esperando tranquilamente a que le des una oportunidad. Gracias a mi biblioteca descubrí el jazz y el cine clásico, y más de una vez me ha salvado de tener que comprar libros para la Universidad. He ido a sus campamentos de verano, y alguna que otra vez he rescatado libros de la gran caja de material de expurgo. Rebuscando en sus estanterías he encontrado libros que me han encantado y otros que he odiado profundamente. Iba a los cuentacuentos cuando era pequeña, y a exposiciones de mayor. He visto películas y he hablado con las bibliotecarias. He visto a madres con sus hijos, cargadas hasta los topes con enormes libros infantiles, y a señoras mayores pedir que trajesen una determinada novela. He cogido libros de historia, de arte, de periodismo, de filosofía, de poesía, de ensayo y de literatura. Pero hay algo que muy pocas veces he visto: gente de mi edad.

Casi nadie que conozco coge libros de la biblioteca. Cuando pregunto la razón, la respuesta suele ser: a) me da pereza, b) no tengo carné o c) no toco libros usados. Para empezar os diré que el carné se consigue en el momento, en la propia biblioteca y con tan solo presentar el DNI y, creedme, es una experiencia que merece la pena. Así que, para intentar demostraros que la biblioteca es más que un sitio al que ir a estudiar, hoy os traigo cinco grandes razones por las que empezar a coger material de la biblioteca. Empezamos:

1 - Encontrarás libros que no están en internet

Puede que creas que todo está en la red pero, créeme, no es así. Al menos, no en materia de literatura. Es cierto que hay muchos libros que los puedes encontrar con tan solo poner su nombre en Google, pero son solamente las obras más conocidas. Hay una gran cantidad de autores cuyas novelas, al ser desconocidas o no tener la suficiente popularidad, no figura en internet. Si, como yo, contáis con un presupuesto muy limitado, recurrir a la biblioteca puede ser una opción excelente. Además, dado que el catálogo está digitalizado, es muy fácil saber si en tu biblioteca más cercana tienen el ejemplar que quieres. ¿Quién sabe? ¡Tal vez te lleves una agradable sorpresa y tengan libros que nunca imaginaste que estarían!

2- Contribuirás a acabar con la piratería

Todos sabemos que la piratería es un delito. Todos hemos recurrido a ella en un momento u otro, pero es un crimen al fin y al cabo. Yo personalmente, trato de incurrir en él lo menos posible, básicamente porque no me gusta. Como todo, escribir un libro cuesta trabajo, y, si verdaderamente creemos en un escritor, queremos que siga publicando más libros. ¿Y cómo vamos a pretender que siga publicando si no le damos la oportunidad de que viva de su trabajo? Obviamente no podemos pagar por todos los libros que nos gustaría leer (nos arruinaríamos), así que ir a la biblioteca parece una buena idea para poder leer libros de manera legal y tener que sin pagar, ¿no?

3 - Descubrirás nuevos autores

No hay mayor placer que pasar los dedos por los lomos de los libros y dejar que sea el azar el que decida cuál será nuestra próxima lectura. Además, el poder pasar un rato simplemente viendo libros es algo que, definitivamente, no podrás encontrar en internet. Ir a una biblioteca es una experiencia relajante y, pasear entre sus estanterías, algo único. Imaginar la gran cantidad de vidas que ha vivido cada libro, encontrar pequeños 'tesoros' entre sus páginas o, simplemente, disfrutar del silencio y la quietud que allí reinan son, para mi, razones más que suficientes por las que volver una y otra vez a estos templos del saber.

4 - Si un libro no te gusta, no te sentirás mal

Reconozcámoslo: en un momento u otro de nuestra vida, todos hemos sido cruelmente decepcionados por un libro. Esa novela que todo el mundo a nuestro alrededor nos decía que era maravillosa y que nuestra vida no tendría sentido hasta que la leyéramos resultó ser un completo fraude, una trampa de la que no nos fue posible escapar. ¿Y lo peor? Nos gastamos el dinero en ella. El haber pagado por una novela que no nos gusta no hace sino recordarnos la cantidad de novelas que sabemos que nos encantan y que podríamos haber comprado en lugar de ese objeto que está mancillando nuestras manos. En el preciso momento en el que damos una novela por perdida, el remordimiento se instala en lo más profundo de nuestro ser. ¿Qué hago? ¿Sigo leyéndola si no me gusta solamente porque he pagado por ella? ¿O la dejo en la estantería para que sirva como recuerdo de mi error para el resto de los tiempos? La biblioteca está ahí para salvarnos. Porque, si no nos gusta ese libro que todo el mundo recomienda leer, lo único que hay que hacer es devolverlo inmediatamente... y tratar de olvidar lo antes posible que un día estuvo en nuestras manos. 

5 - Pasarás un rato divertido

Ir a la biblioteca es un acto de amor a la literatura. Salir de casa pensando en qué historias me voy a encontrar es una de las cosas que más me relaja. Es imaginación y creatividad en estado puro. Porque, aunque a veces uno va a la biblioteca con una idea clara de lo que quiere coger, en muchos casos, acabamos por sucumbir a la tentación de mirar las demás estanterías para ver si podemos llevarnos "solamente una novela" (aunque yo acabo cogiendo siete y teniendo que decidir a cara o cruz cuáles me llevo). Además, siempre acaba surgiendo alguna conversación interesante con alguien de allí, aunque sea con la bibliotecaria. 

¿Y a vosotros? ¿Os gustan las bibliotecas? ¿Soléis ir mucho? ¡Dejad vuestros comentarios abajo! 

¡Hasta la próxima aventura!

5/8/17

Un libro es más que un libro

Imagen de: Pixabay

Me gustaría compartir con vosotros algo que, tengo la sensación, les ocurre a muchos 'devoralibros' como yo: cuando leo un libro, no solamente deslizo mis ojos por las palabras, sino que, de alguna manera, vivo la historia que estoy leyendo.
Para explicarme mejor, citaré a mi profesor de filosofía del colegio. En una ocasión, no recuerdo a cuento de qué, nos contó que, cuando estaba dando a un determinado autor para preparar a sus alumnos de bachillerato para la Selectividad, no se limitaba a explicarlo sino que, en cierta manera, se convertía en ese personaje y se volvía un poquito aristotélico, un poquito kantiano o un poquito agustiniano. Ciertamente a mi (y sospecho que a muchos lectores) les pasa exactamente lo mismo. A menudo me he sorprendido adoptando una actitud un poco 'beat' mientras leía a Kerouac, un poco mística cuando leía El dios de las pequeñas cosas o echándome un poco más de eyeliner tras leer a Caitlin Moran. 
Estoy convencida de que no he sido la única que, de pequeña, al terminar Matilda, se esforzaba y esforzaba por lograr mover objetos con la mente o que, cuando acabó Harry Potter se ha sorprendido a sí misma pensando ¿qué haría tal o cual personaje ante esta situación?. Seguro que hubo alguien más que mientras leía la saga Crepúsculo buscaba incansablemente encontrarse con apuestos vampiros vegetarianos que le llevasen por los árboles porque, si, era 'Team Edward' total. 

Imagen de: Pixabay

Soy una firme defensora del poder transformador de la literatura y creo que la magia de un libro radica precisamente en eso, en que siempre se nos queda un trocito de él pegado al alma. Tendemos a creer que, si una novela no no ha tenido un éxito resonado, no es buena y, por lo tanto, no merece la pena leerla. Yo creo que no es verdad. Un libro en el momento adecuado puede resultar más curativo que siete paracetamoles juntos, puede animar a una persona a cambiar su vida por completo, a recomponerse o a valorar lo que tiene. Cualquier libro lleva el alma de aquel que lo escribió, contiene un mensaje que puede estar más o menos a la vista, que puede ser más o menos directo. Pero siempre hay algo ahí, en el fondo, que nos toca el alma. Yo, en concreto, recuerdo que hace mucho tiempo escribí en la parte de atrás de un CD que colgué en la pared una frase de un libro de Alessandro D'Avenia que me marcó en cuanto la leí y no quise olvidar nunca:

La belleza en la vida es imperfección
Con esto no quiero, ni mucho menos, decir que no haya libros que haya odiado a muerte. Apenas conseguí avanzar más de un par de capítulos de Plenilunio, de Antonio Muñoz Molina, y pedí amablemente a mis compañeros de clase que adoptaran La conjura de los necios porque no soportaba tener que ver ese libro mancillando mi estantería. Tampoco he podido con El alquimista, ni con La colmena y, aunque me aseguraron que El retrato de Dorian Grey es un libro excepcional, lo dejé a medias. Los libros que he cogido de la biblioteca y que he devuelto después de haber leído apenas un par de capítulos se cuentan por decenas. Desde aquí pido disculpas por semejante declaración a todas aquellas personas que se terminan los libros aunque los odien a muerte (sé que en el fondo, despreciáis a los que los dejamos a medias y esa enemistad perdurará por los siglos de los siglos) pero soy débil y no puedo aguantar semejante el sufrimiento.
Los libros, al fin y al cabo, son como las personas. No podemos pretender que absolutamente todas nos caigan bien, pero, al final, de cada una de ellas acabaremos aprendiendo algo. 

¡Hasta la próxima aventura!

30/9/16

Lo que Batman nos enseñó sobre la moral

Batman, un personaje de DC cómics creado por Bob Kayne y Bill Finger
En días como estos en los que tanto se habla de valores, se tiende a ver aquello que subyace en todo lo que nos rodea. Y es que no hay nada más plagado de mensajes que la cultura popular. Anuncios, películas, arte, libros… todo se hace con un propósito: impresionar, provocar, relajar, homenajear y una larga lista de verbos que al final, conforma lo que somos. Uno de esos elementos de la cultura popular, con el que han crecido (y siguen creciendo) cientos de miles de personas son los cómics. Las historias de superhéroes y supervillanos siguen estando hoy en día tan presentes en nuestro imaginario colectivo como lo estuvieron en el momento en el que salieron. Es cierto que hoy en día los niños no corren al quiosco cada fin de semana ávidos de las nuevas aventuras de su héroe favorito, y sin duda, el abanico de superhéroes dispuestos a atrapar a los jóvenes con sus historias ha descendido (al menos en nuestro país donde, según la ilustradora Ana Galvañ “no hay industria del cómic”). Y sin embargo, lo bueno que tiene este sector es que es capaz de reinventarse para atrapar a más y más público. Y si no que se lo digan a Raquel Córcoles, aka Moderna de Pueblo.

Pero si hay un tipo de cómics en el que más importan los valores morales es en el de los superhéroes, aquellos personajes ya sean o no de origen humano, que siempre tienen alguna capacidad superior a la del resto de las personas y buscan hacer el bien de manera desinteresada, aunque trabajan al margen de la ley. Lo único que quieren es hacer justicia, aunque cada uno tenga su propia concepción de un término tan amplio como este. 

Si se trata de reflexionar sobre la justicia, uno de los personajes más interesantes para hacerlo es Batman. El propio personaje nace a raíz de ese concepto y de sus límites. Esto se ve muy bien en Batman Begins, la primera película de la trilogía de Christopher Nolan, en la que, tras el entrenamiento que Bruce lleva a cabo en la Liga de las Sombras de la mano de Ra’s al Ghul, como ‘prueba final’ se le pide que mate a un criminal. Sí, es un criminal, pero ¿de verdad la justicia se basa en el ojo por ojo? Para Batman, desde luego, no. Y como esa escena, hay muchas otras. Cuando en el cómic Silencio, Batman tiene la posibilidad de matar al Joker, al mismo Joker que en su día asesinó a Robin y dejó tetrapléjica a Batgirl, no lo hace. ¿Por qué? Porque ahí está el detective Gordon para recordarle que sus modelos de conducta y sus principios son los que le definen. Y ahí queda, a las puertas de matar a su enemigo.  

Batman es uno de los supehéroes más interesantes para analizar y uno de los más profundos psicológicamente hablando. En primer lugar porque no tiene ningún poder especial más allá de una enorme inteligencia y mucho dinero (la revista Forbes estimó que la fortuna de Bruce Wayne era de 9,2 mil millones de dólares) y en segundo lugar porque la capacidad de superación del multimillonario es grandiosa. Por ello, aquí dejo cinco lecciones de Batman que harían del mundo un lugar mejor: 

1- ¿Por qué caemos? Para aprender a levantarnos (Batman Begins. 2005): Errar nos lleva a ser mejores personas. Y es que la mejor forma de aprender algo y que se nos quede grabado a fuego en la mente no es memorizándolo sino, sencillamente, haciéndolo mal. Bruce Wayne es tan humano como cualquier otro, de manera que aprende de sus errores como el resto de los mortales. Ojo que aprender de los errores no implica olvidarlos y a otra cosa. De hecho, Batman está continuamente atormentándose de todos los errores que ha cometido (salir de la ópera con sus padres, dejar que Jason Todd fuese Robin pese a saber que estaba pasando por una mala época tras la muerte de sus padres…). Atormentarse, no nos va a llevar a ser mejores personas. Pero tener presente un error es la mejor forma de evitar que se vuelva a repetir. 

2- La justicia es armonía. La venganza, satisfacción personal (Batman Begins, 2005): Justicia y venganza son cosas distintas. Como ya ha salido antes, el ojo por ojo no lleva a ninguna parte, salvo a nuestra degradación como personas. Pero, ¿y si las consecuencias legales de un acto en cuestión (un asesinato, por ejemplo) no se ajustan en absoluto al crimen cometido? ¿Y si la ley no lleva a la armonía?  Eso nos lleva al punto...

3- Eso es ley, no justicia (Una muerte en la familia, 2009): La ley no siempre implica justicia. Aunque el objetivo de la ley sea impartir justicia, la ley no siempre es justa. En el pasado hubo leyes que eran claramente discriminatorias o incluso injustas (las leyes que prohibían a los judíos cosas tan simples como poseer una bicicleta o viajar en coche). De igual modo, una ley que en algunas situaciones puede ser justa, en otras no. Las diferencias entre ambos términos son sutiles pero importantes. En este punto es cuando uno tiene que preguntarse qué vale más, si la ley o la justicia. Bruce Wayne cree que lo que realmente vale es lo segundo, aunque trate de adscribirse en la medida de lo posible a lo primero.

4- Todo acto conlleva responsabilidades que hay que acatar.  No he encontrado una frase concreta que defina esto, pero se ve en todas y cada una de las actuaciones de Batman. Es curioso que, pese a lo que se podría esperar de un joven rico y multimillonario, Bruce Wayne es consciente de que todo acto conlleva una serie de consecuencias y de obligaciones. Por ejemplo, volviendo a Una muerte en la familia, Batman se debate entre si quedarse ayudando al joven Jason o partir para tratar de desbaratar los planes del Joker. El no quedarse con Jason acaba significando la muerte del joven, pero, si no hubiese partido para desbaratar los planes del Joker, cientos de personas habrían muerto. Y lo mismo ocurre en casi todos sus cómics. Por ejemplo, en Torre de Babel, Batman decide recopilar información de todos los puntos débiles de los miembros de la Liga de la Justicia. Pese a que sabe que es información delicada, no se lo comenta a ninguno de sus compañeros. El robo de los secretos de los demás acaba generando desconfianza en sus compañeros y Batman es expulsado de la Liga. Una decisión que acata sin quejarse. 

5- Un héroe puede ser cualquiera (Batman, el caballero oscuro. 2008). Todos podemos hacer algo bueno para cambiar el mundo. No hace falta ser alguien especial para ser un héroe (o una heroína). Hay una multitud de pequeños gestos que podemos hacer para cambiar el mundo y cientos de miles de maneras en las que podemos ayudar a la gente: desde ofrecer ayuda desinteresada a alguien desconocido hasta apoyar un proyecto que está empezando. Bruce Wayne no tiene, como ya hemos dicho, ningún poder especial más allá de su dinero. Son sus actos lo que le definen (como le dice Rachel en Batman Begins). Y nuestros actos pueden hacer que cambien muchísimas cosas.